¿Nos hemos preguntado alguna vez por qué en las culturas orientales los ancianos son venerados, respetados y escuchados, al contrario de lo que sucede en occidente, donde los valores personales parecen ir perdiéndose con el paso de los años y nuestros viejos terminan siendo un estorbo?

 

          Nuestra cultura lleva a sus hombres a vivir con las anteojeras puestas, produciendo para consumir, dejándolo sin tiempo para buscar en su interior, para elevar su espíritu, para contactarse con esferas más sutiles; los conduce por vías falsas haciéndoles perseguir el brillo de oropeles más falsos todavía. Es así que una vez terminada la etapa productiva, con la jubilación llegan las depresiones, el ´como llenar el tiempo´, el mirar para adentro y encontrar zonas incompletas. Un vistazo atrás y se asoman anécdotas y vivencias y la invariable comparación con ´la juventud de hoy en día´, los ´porque en mi época...´ y otros relatos anacrónicos. Y yo me pregunto ¿cual es la época de alguien sino el hoy, el presente, el único período de tiempo que puede ser vivido, explorado, modificado? Si nos permitiéramos vivir con un sentido más filosófico, más espiritual; si encontráramos la magia del ritual cotidiano, de la disciplina mental, de la meditación, entonces nuestra vejez sería un cúmulo de conocimientos trascendentes que valdrían la pena ser escuchados. Las generaciones más jóvenes consultarían con avidez lo aprehendido durante el camino andado. Pues las verdades cósmicas son inmutables; es el hombre quién va evolucionando hacia ellas, hacia el uno. Y no se llega a ese punto sino a través de un sólido andamiaje de filosofía, sensibilidad espiritual y sabiduría transmitidas de una generación a otra.

          El ser humano comienza a envejecer en el instante mismo de su nacimiento, podemos preparar ´nuestra tercera edad´ desde el momento en que tomamos conciencia de esto. Decidir si queremos ser co-autores de ´LA IMPORTANCIA DE VIVIR´ o ser víctimas protagónicas de la ´GUERRA DEL CERDO´. En fin... elegir entre ser un anciano sabio o un viejo decrépito.